El día 26 de Junio, celebramos la festividad de San Pelayo, Patrón de Sinlabajos. Con gran valentía y recalcando las palabras que brotaban de sus labios, dijo el  niño Pelayo al emir Abderrahmán: "Si, oh rey, soy cristiano. Lo he sido y lo  seré por la gracia de Dios. Todas tus riquezas no valen nada. No pienses que por  cosas tan pasajeras voy a renegar de Cristo, que es mi Señor y tuyo aunque no lo  quieras".

Así de valiente era aquel muchacho en aquellos momentos que  eran los postreros de su vida. Pero es que lo había sido siempre así desde  que tuvo uso de razón.

En la hermosa ciudad de Tuy, nació este niño a principios del siglo décimo. Sus padres le  educaron cristianamente en la fe. También recibió sabios y santos ejemplos de su  tío Hermogio que era el Obispo de aquella diócesis. Su niñez la pasó al lado de  su tío en el Santuario-Catedral, entregado de lleno al canto de la liturgia y al  estudio de la Sagrada Escritura y ciencias profanas, ya que en todo debía estar  preparado para un mañana que no le llegará.

Eran los años duros y terribles  de la Reconquista. Hermogio fue hecho prisionero por los árabes y lo llevaron  hasta Córdoba para encerrarlo en unas mazmorras. Después se cambiaron las cosas.  Otros prisioneros fueron capturados en lugar del Obispo esperando que este  podría recoger oro suficiente para recuperar a los encarcelados. Entre éstos  estaba el sobrino del Obispo, nuestro niño Pelayo.

Una vez en la cárcel, el  niño pasaba los días y las noches entregado a la oración y tratando de consolar  a los que ya desesperaban de la llegada del precio del rescate.

De cuando en  cuando entraba en el lóbrego calabozo uno de los soldados y azotaba bárbaramente  a cuantos se encontraban en aquellas terribles mazmorras. No tenía más que diez  años y parecía un anciano venerable por los consejos que daba y por la valentía  con que aguantaba los castigos y el hambre. A todos llamaba, sobre todo, la  atención la pureza de aquel niño que parecía un ángel. La corrupción reinaba en  aquellos antros. El pequeño Pelayo quedaba admirado al contemplar que muchos de  los que antes habían compartido con él la cárcel estaban ahora en lugares de  honor ¿Por qué? La respuesta era fácil: habían claudicado de su fe o habían  consentido en aberraciones vergonzosas.

Un día se acercó a él el carcelero .y  le dijo: "Te felicito, pequeño, porque el rey ha puesto los ojos en ti y quiere  honrarte". Lo perfumaron, lo vistieron de sedas.., y lo presentaron ante el rey  Abderrahmán. Al llegar a su presencia, el rey le dijo: "Niño, grandes honores te  aguardan; ya ves

mi riqueza y mi poder; pues si haces cuanto te diga, una  gran parte será para ti. Tendrás un palacio, oro, plata, caballos y cuantos  esclavos y esclavas y todo que quieras apetecer. Sólo una cosa es necesaria para  ello: que te hagas musulmán como yo, pues he oído decir que a pesar de ser tan  joven ya haces prosélitos para tu religión". El joven Pelayo contestó  valientemente con las palabras con que hemos empezado esta   biografía.

Abderrahmán, al ver que no se salía con la suya, mandó que lo  llevaran al calabozo y allí fuera primero atraído con halagos y si se resistía,  fuera martirizado. Era el 925 cuando este niño de diez abriles derramaba su  sangre por Cristo."